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Municipalidad Provincial de San Desvelo

Provincia de San Desvelo · Perú

Relato de ficción · Huertos Familiares El Porvenir

Una estudiante busca el nombre de la gata que aparece junto al canal de riego. En los libros encuentra una figura antigua; en el campo, una fotografía que no alcanza para resolver el misterio.

Autoría: Thilo Wilts

Una abuela y su nieta observan un huerto de pepinos al amanecer; al fondo, junto al canal, se distingue una pequeña silueta felina.
Ilustración del relato. La figura no representa una observación real de fauna.

Mi abuela decía que la gata cuidaba el pepino.

Lo decía al amanecer, cuando levantaba las hojas con dos dedos y encontraba una marca nueva en la tierra. Nunca decía que la gata fuera suya. Tampoco decía que supiera de dónde venía. La llamaba «la gata» como llamaba al canal «el canal» y a la parcela pequeña «el campo», aunque todos tuvieran nombres más precisos.

Yo pensaba que era una manera de hablar.

Pero las mañanas en el campo tenían sus propios sonidos: el agua golpeando las paredes del canal, las palomas en los techos y la escoba de mi abuela raspando la tierra seca. Antes de que el sol alcanzara la cocina, ella ya había revisado cada surco. Decía que una planta avisaba con las hojas cuando algo no iba bien.

Yo la acompañaba con una libreta que todavía olía a papel nuevo. Anotaba la fecha, el estado de las hojas y cualquier rastro que encontráramos. La profesora insistía en que una libreta servía también para registrar dudas. Al principio me parecía extraño escribir cosas que no sabía; después entendí que las dudas eran parte de lo que habíamos visto.

La gata aparecía algunas mañanas en el borde del terreno, donde el canal de concreto se hundía un poco antes de seguir hacia las otras parcelas. No se acercaba a la casa ni a la mesa donde mi abuela dejaba enfriar el café. Caminaba baja, con las patas casi escondidas bajo el cuerpo. Una vez la vi de lado. Parecía del tamaño de un gato flaco, pero tenía el pecho más ancho y la cola larga, oscura en la punta.

—¿Es de alguien? —pregunté.

—Si fuera de alguien, ya habría venido alguien a buscarla —dijo mi abuela.

En la escuela nos pidieron preparar una página sobre un animal del paisaje de Valle Chico. Yo elegí la gata antes de saber qué era. La profesora me prestó un folleto de fauna peruana y me dijo que empezara por distinguir entre lo que había visto y lo que yo suponía.

El folleto hablaba del gato de las pampas, una pequeña especie silvestre que vive en distintos ambientes de Sudamérica. El nombre parecía prometer pastizales lejanos, pero el mapa ocupaba una parte grande del continente. También había registros en el desierto de Sechura y en otros ambientes secos del noroeste peruano. La profesora señaló que esos registros conocidos quedaban más al norte que Valle Chico.

—Entonces aquí no vive —dije.

—Eso no dice el mapa —respondió—. Dice dónde se ha confirmado. No es lo mismo.

Anoté la frase. Después leí que era un animal terrestre y que cazaba sobre todo en el suelo. El folleto decía que podía estar activa a distintas horas, no solamente de noche. Me gustó porque coincidía con lo que había visto: una vez al amanecer, otra vez bajo una luz gris de tarde. En el margen escribí: «No sabemos si era esta especie».

La segunda parte de mi página tenía que explicar por qué la gata le importaba a mi abuela. Para eso ella me llevó al estante alto de la sala, donde guardaba carpetas de recibos, calendarios viejos y folletos doblados. Encontró una hoja de una exposición sobre cerámica Nasca. La había conservado porque mostraba una vasija con dos caños unidos por un asa.

En la imagen, un felino moteado tenía algo parecido a frutos entre las patas.

Una hoja de exposición sobre cerámica Nasca junto a una ilustración escolar de un felino moteado y frutos.
Ilustración inspirada en la hoja que la abuela conserva; no reproduce una pieza arqueológica.

—¿Ves? —dijo ella—. La gata cuidaba el pepino.

La hoja explicaba que la cultura Nasca se desarrolló en la costa sur del Perú, aproximadamente entre el 100 a. C. y el 800 d. C., y que sus cerámicas representaban animales, plantas y seres que no siempre podían reconocerse como una especie real. Algunas interpretaciones relacionaban las figuras felinas y los frutos con la agricultura, la fertilidad y la renovación de la vida. Pero el texto también advertía que eran interpretaciones: la imagen no venía con una explicación escrita por quienes la pintaron.

—¿Y tú crees que es la misma gata? —pregunté.

Al día siguiente llevé el folleto a la parcela. Mi abuela lo sostuvo con las manos limpias para no mancharlo de tierra y comparó el dibujo con el borde del canal. Yo señalé las manchas impresas, pero ella no intentó hacerlas coincidir con las sombras que recordábamos. Dijo que una figura en un libro podía ayudar a preguntar, aunque no pudiera contestar por sí sola.

Mi abuela dobló la hoja por la marca que ya tenía.

—Yo no estaba allí cuando hicieron la vasija.

No era una respuesta, pero tampoco era una broma. La copié en mi cuaderno.

En esos días las hojas del pepino amanecieron mordidas. Mi abuela revisó los surcos y encontró pequeños excrementos junto al canal. El vecino de la parcela contigua dijo que eran ratones. Él quería poner veneno en los bordes para que no volvieran. Mi abuela le pidió que esperara hasta que pudiéramos ver qué estaba entrando al campo.

—No voy a perder la cosecha por una historia —dijo él.

—Ni yo —contestó ella.

No discutieron más. El vecino tenía razón en una cosa: las marcas no identificaban a ningún animal. Mi abuela también tenía razón en otra: el veneno podía alcanzar a algo que no buscábamos matar.

Yo propuse pedir una cámara. La profesora conocía a una persona que prestaba una para observar animales cerca de los canales. La colocamos baja, orientada hacia el paso estrecho entre el muro y las plantas. No pusimos comida ni cebo. Solo ajustamos la hora y esperamos.

La tarde de la instalación, la profesora nos mostró cómo anotar cada visita sin añadir detalles que la cámara no hubiera registrado. El vecino ayudó a sujetar el soporte a un poste viejo. Aunque seguía preocupado por sus plantas, aceptó esperar unos días antes de decidir qué hacer. Mi abuela le ofreció una jarra de agua fresca y los dos revisaron juntos que el aparato no apuntara hacia ninguna casa.

La primera noche pasó un perro.

La segunda, una sombra que podía ser un gato común.

En la tercera imagen apareció la gata.

Una cámara nocturna apunta a un huerto y un canal; una silueta felina borrosa cruza al fondo.
Escena imaginada del relato, no una fotografía de cámara trampa ni evidencia de identificación.

No se veía bien. La cámara había captado el cuerpo de costado y una parte de la cola. Las patas parecían tener franjas. La cabeza estaba vuelta hacia el canal, lejos del objetivo. En una imagen contigua llevaba algo pequeño en la boca.

Amplié la fotografía en la computadora de la escuela. Los píxeles crecieron hasta convertirse en cuadrados. Si yo quería ver anillos en la cola, los veía. Si quería ver una mancha de luz, también.

La persona que revisó la imagen no dijo que fuera un gato de las pampas.

—Podría ser una gata doméstica grande o un felino silvestre —explicó—. La foto no permite separar esas posibilidades. Haría falta una imagen más clara, más registros o huellas que pudieran compararse. Y aun así habría que tener cuidado.

—¿Podría ser el gato de las pampas? —pregunté.

—Podría. Sería un registro interesante para esta zona. Pero no puedo confirmarlo con esto.

Mi abuela escuchó la explicación sin interrumpir. Cuando terminamos, guardó la cámara en su estuche y volvió a revisar las plantas.

De regreso a casa, yo quería una respuesta que pudiera escribir en letras grandes. La persona que revisó la foto me recordó que una identificación no se volvía más segura por repetirla. Entonces hice dos columnas en la libreta: «lo que muestra la cámara» y «lo que imaginamos». En la primera escribí una silueta, una cola parcialmente visible y una hora. La segunda quedó casi llena de preguntas.

Esa tarde el vecino vino a decir que había encontrado una rata muerta junto al canal. No sabía quién la había dejado allí. Mi abuela tampoco. La levantó con una pala y la enterró lejos de los surcos. Luego acordaron no poner veneno junto al paso de agua. El vecino protegería las plantas con mallas bajas y revisaría sus depósitos; mi abuela mantendría limpio el borde del canal, sin dejarlo convertido en una franja de basura.

La gata no volvió a aparecer en la cámara durante las semanas siguientes. Eso no significaba que se hubiera ido. La cámara podía no verla. El canal tenía otros pasos, y el campo no era más que una parcela entre muchas.

Cuando llegó la cosecha, mi abuela puso los pepinos en una caja y contó los que estaban en buen estado. No dijo que la gata nos hubiera salvado la cosecha. Tampoco dijo que la historia fuera falsa.

Para mi página escolar pegué la fotografía borrosa junto a la imagen de la vasija Nasca. Debajo escribí que la figura antigua podía tener un sentido relacionado con la agricultura, aunque no podíamos saber con exactitud qué significaba. Añadí que el gato de las pampas se había registrado en zonas secas del norte peruano, pero que el animal de nuestra cámara no estaba identificado.

Cuando expuse el trabajo, un compañero dijo que la silueta parecía la de un gato de su barrio. Otra persona vio un zorro pequeño. Nadie se puso de acuerdo, y por primera vez no sentí que la página estuviera incompleta. La profesora me pidió que explicara por qué había dejado el nombre abierto. Dije que cuidar un lugar también podía significar no fingir que sabíamos todo sobre quienes lo cruzaban.

La profesora leyó mi último párrafo y me preguntó si quería cambiar el título. «La gata que cuidaba el pepino» parecía afirmar demasiado.

Le dije que no.

En la fotografía, la cola parecía anillada. Al ampliarla, los anillos se convertían en cuadrados borrosos.

Mi abuela leyó la nota de identificación y dejó la hoja sobre la mesa.

—La gata cuidaba el pepino —dijo.

No le pregunté qué clase de gata.